
El morderme la lengua no es algo que me sale naturalmente, lo he aprendido a la mala en mi experiencia como madrastra. Cierro el pico (al menos frente a los nenes) cuando quisiera que mi esposo sea más estricto si se han portado mal. Tampoco digo ni pío cuando siento que no me dan mi lugar. Pero una de las pruebas más duras es cuando la madre de los niños les miente. Calumnia al padre, me arrastra por el suelo a mí, les promete cosas que no cumple y hasta estupideces como decirle que era la capitana de un equipo de la liga deportiva universitaria. ¿Qué gana con eso? No lo sé. Ya le pidieron confirmación al padre de las proezas atléticas de Turuleca y, conociéndolos, ya mismo le pedirán fotos y ver los trofeos.
Es tan difícil no gritar "¡Eso no es cierto! La verdad es (llena el blanco al desmentir la más reciente barbaridad). Pero en los ojos de los niños, mami no miente.
Le contamos nuestra historia - la realidad - pero temo que le quede la duda. La versión Turuleca le resta a nuestro romance y además me convierte en la villana.
Me consta que la versión Turuleca ha sido difundida en escuelas y otros círculos. Mi esposo trata de consolarme diciendo que la gente que llega a conocernos y a conocerla a ella, sabe que ese relato carece de varacidad. Pero he sentido las miradas de repudio, la desconfianza de una administradora escolar y de algunas mamás cuando voy a eventos de los nenes. Imagino la confusión de algunas maestras cuando tratan de conciliar a la madrastra dedicada y pendiente al desempeño escolar y el comportamiento de los niños con la rompe hogares, analfabeta que le pega a los nenes.
Pero no digo nada... las mentiras no llevan a ninguna parte. Los niños pronto serán adolescentes, luego jovencitos que llegarán a conclusiones propias, sin ayuda de nadie. Jóvenes que pasarán factura cuando miren hacia atrás y se den cuenta que fueron engañados.
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