
"¡Pero mami, haz un cheque!", le reclamaba de pequeña a mi mamá cuando me decía que no tenía dinero para comprarme el juguete de mi más reciente antojo. Mientras que aún le recuerdo a mis padres que nunca me compraron mi anhelada casita de Barbie, puedo decir que tuve cuanta cosa quise. Por supuesto, en mi casa mi hermano y yo nos regíamos por la ley del mérito. Buenas calificaciones y buen comportamiento eran recompensados con privilegios y algunas cosas materiales.
Mi esposo y yo hemos implantado un sistema igual tenemos en nuestro hogar. Al menos tratamos. Queremos enseñarle a los niños que el dinero no crece en los árboles. Que ellos no tienen el derecho de acumular montañas de juguetes. Que nosotros les proveemos todo, pero los gustos - entiéndase juguetes - se los tienen que ganar. Por algún motivo nunca pueden hacer la conexión entre un "No" en la tienda con las malas calificaciones o que se han portado como cochinitos en la casa. Para ellos es más fácil pensar que somos tacaños o malvados.
Nuestros esfuerzos de enseñarles actitudes saludables y responsables hacia el dinero se nos dificultan porque en casa de la madre las cosas son diferentes. Cuando hacen mandados conmigo apuntan a tantos juegos que "tenemos en casa de mi mamá" que me quedo boquiabierta. Hace unas semanas la madre llamó histérica al padre para dar quejas del mayor. Eso fue un jueves, el sábado el muchachito hablaba de los accesorios de su nuevo bote a control remoto. Para mí es impensable recompensar mal comportamiento.
Lo más triste es que ni tan siquiera juegan con lo que tienen. El otro día el padre les obligó a hacer una resaca en su habitación y la cantidad de juguetes sin usar me sorprendió y decepcionó, porque nosotros promovimos ese exceso. En nuestra casa ni siquiera hay juegos electrónicos, el padre desea ofrecerles experiencias más que cosas materiales. Estos niños han viajado a diferentes países y ciudades. Han visitado parques, han ido a acampar y aprendido a jugar cuanto deporte existe. Sus fines de semana (al menos con nosotros) consisten de pesca, esnórkel y esquí.
Aunque creo que es una buena filosofía, a veces me pregunto si exageramos cuando nos rehusamos a comprarles cosas. Por ejemplo, el grande me pidió ir a la farmacia para comprar los benditos Silly Bandz, los que han causado furor entre los menores. Yo no deseaba parar y alargar el camino a casa, pero también las mentadas pulseritas me parecían, pues, muy silly... y de nenas. El padre lo embromó muchísimo por querer un "accesorio de niñas" (no ayudó que vimos un reportaje del impacto económico de los Silly Bandz y todas eran niñas que gritaban enloquecidas por las banditas). Resulta que a los pocos días nos topamos con unos amigos y los varones de ellos lucían sus Silly Bandz con orgullo.
¿Estamos enseñándoles el valor del dinero o siendo tacaños? Las pulseras cuestan $5, una cantidad accesible para hacerlos felices por un rato, aunque es obvio que las van a romper o perder. ¿Será que pretendemos que sean tan pragmáticos como nosotros? ¿Hemos olvidado que a esas edades también teníamos nuestros antojos por chucherías? ¿O es que sentimos que tenemos que apretar por acá y no concederles cada capricho como en la casa de la madre? No me gustaría que crecieran pensando que se lo merecen todo, tampoco que la realidad de que las cosas cuestan les azote más adelante.
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Dania 06/30/10 @ 8:17AM
Yo diria que es cuestion de balance....algunas veces si....y algunas veces NO!!!!